En anteriores artículos hemos visto qué es el colesterol, por qué constituye un riesgo y qué factores pueden influir en su grado de peligrosidad. Pero la pregunta que no se ha contestado satisfactoriamente es ¿por qué el organismo, a veces, persiste en mantener elevados los niveles de LDL-Colesterol “malo”?
Cuando a alguien se le diagnostica una hipercolesterolemia, lo primero que hace es suprimir las fuentes de colesterol de su dieta. No obstante, muy a menudo el resultado es que el hígado se pone a fabricar todo el colesterol que se ha dejado de consumir. El enfermo pasa entonces a tener el mismo exceso de colesterol, aunque ahora es colesterol endógeno.
Pero sigue en pie la pregunta ¿Por qué el organismo insiste en mantener ese desequilibrio que puede matarlo? ¿Por qué el hígado invierte el esfuerzo y las materias primas necesarias para producir unas cantidades de colesterol endógeno que a primera vista son perjudiciales para la salud? Puede que nuestro cuerpo esté tomando una “decisión errónea” al mantenerlos elevados, que el hígado esté fallando en una de sus funciones. Pero ¿y si nuestro organismo sabe perfectamente lo que está haciendo?
Algunos han propuesto que los niveles elevados de colesterol responden a una necesidad fisiológica real. Según este punto de vista, el problema no es que haya un exceso de colesterol, sino que ese colesterol se oxide, se deposite en las arterias y genere placas de ateroma.
El exceso de colesterol como protección vascular
Las arterias son unos conductos delicados. Con el paso del tiempo, pierden parte de su elasticidad y eso las hace más vulnerables a las roturas, como una manguera envejecida se puede agrietar.
Se ha propuesto la idea de que el exceso de colesterol es la respuesta del organismo a la degeneración natural de los vasos sanguíneos: el cuerpo estaría tratando de forrar, aislar y ablandar las paredes de los vasos untándolos con una capa de grasa. Imaginad un trozo de cuero: si se deja a la intemperie y con el paso del tiempo se volverá rígido y quebradizo. En cambio, si se engrasa y se trabaja, recuperará su elasticidad e impermeabilidad.
Según esta propuesta, el problema no sería entonces un nivel elevado de colesterol en sangre, sino la necesidad de ese exceso de colesterol y que ese colesterol se oxidase, se solidificase y que se depositase en forma de placas que van haciéndose cada vez más grandes y más duras (placas de ateroma).
Según esa teoría lo que habría que hacer no es bajar los niveles de colesterol, sino mantener ese exceso de colesterol en buen estado, protegido de la oxidación.
Cómo lograrlo es una pregunta que todavía no tiene una respuesta completa. Se sabe que ciertos nutrientes evitan la oxidación del colesterol y se sabe que el exceso de otras lo favorece. La estrategia en este sentido sería pues reducir los oxidantes y asegurar un correcto aporte de los antioxidantes.
Enfrentar el exceso de colesterol
Teniendo claro todo lo expuesto, podemos proponer un curso de acción distinto al habitual (medicarse con estatinas y suprimir las fuentes de colesterol de la dieta). Esta alternativa no busca reducir el colesterol sino protegerlo.
El modo en que puedéis proteger vuestro colesterol es controlando la dieta. No es una respuesta muy original, pero no por eso es menos válida.
* No abusar de las carnes, huevos y lácteos: reducirás las fuentes principales de colesterol exógeno, de grasas saturadas y de proteínas productoras de homocisteína.
* Comer pescado azul al menos 3 veces por semana: El pescado es muy rico en Omega 3, una grasa muy necesaria que, entre otras cosas, aumenta los niveles de HDL-Colesterol “bueno” (facilitando la renovación y movilización del LDL-Colesterol “malo”), regula los proceso inflamatorio (mejorando el estado de los vasos sanguíneos) y evita la formación de coágulos en la sangre (que son mucho más peligrosos si hay arteriosclerosis). El pescado azul (sardina, boquerón, caballa, palometa, caballa, chicharro, atún, bonito del norte, salmón, anguila, pez espada) es más rico en Omega 3 que el blanco. Además, es rico en vitaminas del grupo B, que son necesarias para evitar que la homocisteína se acumule. También es rico en vitamina E, que protege al colesterol de la oxidación.
* Hacer hincapié en los alimentos vegetales. Los alimentos vegetales deberían ser la principal fuente de calorías en la dieta: legumbres, cereales, semillas, verduras y frutas. A menudo, la gente dice que come suficiente verdura pero en realidad sólo la comen en una comida del día y a menudo son cocinadas de mala manera (fritas, rebozadas, etc…) o son verduras congeladas, que pierden gran parte de sus propiedades. Las legumbres no suelen consumirse cada día y casi siempre se comen estofadas (con jamón y chorizo y panceta). Los cereales suelen tomarse en formas procesadas (panes y harinas blancos, cereales de desayuno, arroz blanco y pastas hechas con harinas refinadas, etc…) y además solemos tener muy poca variedad (arroz y trigo, básicamente) a pesar de que hay muchísimos cereales (mijo, quinoa, avena, espelta, kamut, etc…). Respecto a las frutas, normalmente no comemos suficientes. En resumen: comer más alimentos vegetales, mejor cocinados, menos procesados y más variados es la mejor manera de proveernos de los antioxidantes que protegen el colesterol, de las vitaminas B6 y B9 necesarias para reducir la homocisteína (la B12 se debe obtener de fuentes animales) y de la Vitamina C y los flavonoides que mantienen flexibles las arterias, reduciendo así la necesidad de colesterol.
Además de mejorar la dieta, debemos proteger nuestro hígado para asegurar que el metabolismo del colesterol sea correcto. Evitar el alcohol y el abuso de medicamentos, grasas y drogas es la mejor manera de proteger el hígado.
La dieta es el modo más sano, barato, responsable y beneficioso de controlar vuestra salud. No obstante, existen susplementos nutricionales que pueden ayudar a potenciar el proceso si no basta con la alimentación. Consulta con un naturópata si es necesario.