Probióticos (Parte 3):¿Cuándo y cómo tomar probióticos?

Siempre que hay una diarrea fuerte se pierde flora. Por lo tanto después de padecer una es recomendable tomar probióticos.

Cuando tomamos antibióticos, también afectan a la flora, que después de todo son bacterias. Normalmente se recomienda esperar hasta haber finalizado el tratamiento para empezar a tomar probióticos, pero si tenéis que estar más de dos semanas tomando antibióticos yo os recomendaría tomarlos a la vez, aunque gran parte de ellos morirán por culpa del fármaco.

Por otro lado, si tenéis algunos de estos síntomas es posible un desequilibrio en la flora lo esté provocando o agravando y que suplementaros con probióticos pueda ayudar:

  • Gases
  • Estreñimiento
  • Alergias
  • Bajo sistema inmunitario (susceptibilidad a las infecciones)
  • Trastornos de la piel (Acné, eccema, psorioasis)
  • Enfermedades inflamatorias del intestino no ulcerosas: Crohn, Síndrome del intestino irritable, etc…
  • Exceso de colesterol (hipercolesterolemia)
  • Infecciones urinarias
  • Candidiasis vaginal
  • Lo bueno de los probióticos es que apenas tienen contraindicaciones. Las únicas advertencias que se hacen son las siguientes:

    * No prolongar la toma durante más de un mes, sin la supervisión de un profesional. Aportar insistentemente las bacterias desde fuera, sobretodo en intestinos jóvenes que todavía no han desarrollado un ecosistema estable, puede favorecer que éste sea incapaz de regularse él sólo. En la medida de lo posible, se debe dejar que la flora aprenda a encontrar sola su equilibrio. En menores de 14 años, pues, dejad que sea un profesional el que decida cuándo usar probióticos. Y en mayores de 14 años, sin los tomáis sin supervisión de un profesional, hacedlo sólo cuando se sospeche necesario, sin prolongar el tratamiento más de un mes y no más de 4 veces al año. Esta advertencia se aplica a los suplementos y a los alimentos enriquecidos (como el Actimel), no a los alimentos fermentados.
    * Las personas que tienen una intolerancia muy, muy severa a la lactosa, deben buscar probióticos que no se hayan cultivado en una base láctea. En el caso de los alimentos, se deben evitar los yogures, quesos y kefir. En el caso de los suplementos, se deben buscar los que hayan cultivado las bacterias en medios no lácticos (la marca Nature’s Plus, por ejemplo, tiene uno)

    Para profundizar sobre el tema, os recomiendo este artículo:
    Peña A. S.. Flora intestinal, probióticos, prebióticos, simbióticos y alimentos novedosos. Rev. esp. enferm. dig. [periódico en la Internet]. 2007 Nov [citado 2009 Feb 15]; 99(11): 653-658.

Probióticos (Parte 2):¿De dónde se obtienen?

Al nacer, nuestro intestino no tiene flora y el primer contacto con ella lo obtenemos de nuestra madre, de su flora vaginal (por eso se observan a menudo trastornos de la flora en los bebés de cesárea) y posteriormente de la leche materna. Durante la vida adulta, los alimentos nos proporcionan un pequeño aporte constante de probióticos pero la flora intestinal es un ecosistema y eso quiere decir que, en principio, ella misma se genera y se regula. Por lo tanto, la principal fuente de flora es la propia flora, que por algo son organismos vivos, capaces de reproducirse.

No obstante, nuestra alimentación desnaturalizada y el abuso que hacemos de los fármacos antibióticos perjudican ese delicado equilibrio. En estos casos pude ser necesario aportar una cantidad extra de bacterias para repoblar o reequilibrar ese ecosistema.

Los probióticos pueden obtenerse de los alimentos fermentados o en forma de suplementos alimenticios (cápsulas o polvos).

* Los alimentos fermentados (yogur, queso, kefir, miso, chucrut, etc…) contienen una cantidad discreta de probióticos. Son las fuentes ideales para mantener la flora.

* Los suplementos alimenticios de probióticos contienen mucha cantidad de bacterias y, si son buenos, aseguran una alta supervivencia de las bacterias (los ácidos del estómago y la bilis destruyen la mayoría de las bacterias que comemos y si llegan muertas no sirven de nada) También son más caros. Se deben reservar para cuando hay un desequilibrio de la flora, para repoblarla tras un tratamiento con antibióticos o tras una diarrea. Durante la primera infancia y la adolescencia la flora es algo distinta, por lo que existen suplementos especiales para niños y adolescentes.

Probióticos (Parte 1): Qué son y qué hacen

Los probióticos se han convertido en los últimos tiempos en protagonistas habituales de los anuncios publicitarios de varios productos lácteos. Actimel, entre otras marcas, nos informa de que son nuestros amigos. ¿Pero qué sabemos en realidad de los probióticos? Vamos a hacer un resumen.

Qué son los probióticos

Como tal vez sabréis, en nuestro intestino viven millones de bacterias de muy diversos tipos, conformando lo que llamamos Flora intestinal. Algunas de estas bacterias (un porcentaje muy pequeño) nos pueden perjudicar. Otras, nos benefician y son lo que se llaman simbiontes (es decir, nosotros no podemos vivir sin ellas y ellas no pueden vivir sin nosotros, somos especies que dependemos unas de otras).
Estas bacterias beneficiosas son las que llamamos Probióticos. Las más conocidas son las de tipo Lactobacilo (L. acidophilus, L. casei, L. rhamnosus, L. bulgaricus, L. plantarum, L. helveticus, L. sporogens…) y las de tipo Bifidobacteria (B. bifidus, B. longum…), pero hay otras, como las Lactococus lactis, Streptococcus thermophilus o Saccharomyces boulardii.

Qué hacen los probióticos

Esas bacterias probióticas realizan diversas funciones en nuestro organismo:

* Colaboran en la digestión, sometiendo a los residuos alimentarios que llegan al intestino grueso sin digerir a diversos procesos químicos: fermentación para los hidratos de carbono (sobretodo fibras, y sobretodo en el colon derecho) y putrefacción para los residuos proteínicos (sobretodo elastina y colágeno y sobretodo en el colon izquierdo). De este modo, pueden absorberse sustancias nutritivas que de otro no serían accesibles.

* Mantienen la salud de la pared del intestino, que es la barrera entre el exterior y el interior, encargada de absorber lo que es bueno y no dejar entrar lo que puede ser perjudicial. El mecanismo exacto no se conoce, pero parece que durante la fermentación y la putrefacción se generan sustancias (ácidos grasos de cadena corta) que nutren la mucosa del intestino.

* Colaboran con el mantenimiento del sistema inmunitario. El intestino, como el pulmón, es una parte interna que está en contacto con el exterior (a través de lo que ingerimos, de la misma manera que el pulmón lo está a través de lo que respiramos) Por lo tanto, necesita de mucha vigilancia del sistema inmunitario, para defenderse de cualquier cosa que venga de fuera y pueda ser perjudicial. Se sabe que la flora intestinal está relacionada con el sistema inmunitario de muy diversas maneras y aunque no se han comprendido todos los mecanismos, está claro que un desequilibrio en la flora bacteriana se relaciona con una inmunidad deficiente.

* Mantienen a ralla las bacterias y microorganismos que nos perjudican, evitando que se reproduzcan excesivamente, por diversos medios: compitiendo con ellos por el alimento, atacándolos con ácido acético, láctico y fórmico y manteniendo el pH del intestino desagradablemente ácido para los gustos de esos microorganismos perjudiciales. De ahí se deduce que si tenemos la flora en mal estado no sólo dejamos de obtener la ayuda de las benéficas, sino que empezamos a sufrir el ataque de las perjudiciales.

Todavía hay mucho desconocimiento acerca del ecosistema que tenemos montado en el intestino, pero lo que sí está claro es que los desequilibrios en la flora intestinal perjudican la salud: alergias, infecciones, enfermedades intestinales, cáncer de colon, trastornos dermatológicos, etc…
Los probióticos ayudan a mantener un ecosistema bacteriano en buen estado.